Por Carmen Caballero, presidenta de la Fundación Asturias
A mediados de octubre celebramos en Gijón una interesante jornada sobre las industrias culturales en Asturias. Un amigo y compañero me comentó en tono divertido que no pudo asistir porque ese día tuvo que ir a otra jornada sobre industria, “pero sobre la industria de verdad“, matizó.
Obviamente, este amigo y compañero hablaba desde la tipificación tradicional de los sectores de producción, que encuadra la industria en el sector secundario y relega al terciario y cuaternario los servicios y productos intelectuales. Sólo desde ese punto de vista, ampliamente superado a día de hoy, cabría considerar la industria pesada como única industria de verdad. De hecho, se han impuesto con rotundidad otras perspectivas de análisis desde las cuales las industrias culturales son tan de carne y hueso como las manufactureras.
Ya fue en los años cuarenta del pasado siglo cuando los autores de la Escuela de Frankfurt, liderados por Adorno y Horckheimer, acuñaron el concepto de industria cultural. Y lo hicieron en términos inequívocamente economicistas, considerando que es industria cultural aquella cuya actividad es la elaboración de productos culturales con fines lucrativos. Hay producción, hay productos destinados al consumo, hay mercados y hay resultados económicos, hay gestión y hay empleo. En esta línea, lo único que diferencia a la industria cultural de otras industrias es la naturaleza de la mercancía: es un producto cultural y algunas veces —no todas— inmaterial, intangible.
Delimitar las actividades agrupadas dentro del sector creativo es tarea complicada, de hecho ni siquiera existe una tipificación administrativa definida. Generalmente, en el sistema de producción cultural se encuadran las industrias cinematográficas, las discográficas, las editoriales, las compañías de teatro, música, danza y artes escénicas en general, los videojuegos, la arquitectura, la conservación del patrimonio, el sector de las tecnologías de la información y la comunicación, el diseño, la televisión, la ingeniería, la radio, los diarios y revistas e incluso, dependiendo del analista, los juguetes, las artes gráficas, la artesanía, la producción de software, etc.
Catálogos al margen, de lo que no hay duda es de que el sector creativo se revela como un elemento clave en la emergente economía del conocimiento y como un campo de negocio de gran interés. Las cifras de su participación en la economía y el empleo no son nada desdeñables. Se estima que en la Unión Europea estas actividades representan el 2,6% del PIB, con más de 5 millones de empleos, mientras que en España se cifran en un 4% del PIB y unos 780.000 empleos. Por lo que respecta a Asturias, podemos estar hablando* de 6.800 centros de trabajo y más de 12.000 trabajadores vinculados a este sector, el creativo, que ha venido registrando un importante desarrollo en las economías europeas durante los últimos años y que tiene una clara vocación de crecimiento en nuestra comunidad autónoma donde, por cierto, se han establecido en los últimos años algunas infraestructuras que pueden –y deberían- tener efecto tractor, como el centro Niemeyer, Laboral, ente público de radiotelevisión, red de museos, etcétera.
Pero el hecho de ser una industria de verdad, una industria como las demás, no supone un plus de ventajas. Singularidades aparte, como las dificultades en torno a derechos y descargas ilegales, las industrias culturales asturianas sufren en términos generales los mismos problemas endémicos que la mayor parte de nuestras industrias clásicas: tamaño reducido, débil soporte financiero, déficit en materia de innovación (curiosamente), dificultades para acceder a mercados supralocales… Tal es así, que demasiadas veces el objetivo empresarial no acierta a pasar de la pura supervivencia.
Frente a ello, las recetas también son las ya conocidas, de tal modo que el amigo y compañero que asistió a la jornada sobre la industria, seguramente haya escuchado en el apartado de conclusiones las mismas que nosotros: profesionalización, especialización, mejora en la gestión, cooperación interempresarial, internacionalización… Y, quizá, deberíamos también añadir una i más, la de imaginación, a la conocida fórmula I+D+i.
Tenemos que convencernos de que uno de los retos principales es mantener y propiciar nuestro talento y capacidad creativa, no sólo por dar rienda suelta a nuestro ego, sino porque ello produce resultados económicos palpables. Puede que el producto cultural sea intangible, pero el beneficio a buen seguro que no lo es. Un ejemplo: gracias precisamente a la capacidad creativa (guiones novedosos, películas atractivas, nuevas tecnologías…) consiguió el cine aumentar su recaudación en España casi un 9% en 2009, a pesar de la galopante crisis económica y a pesar de la competencia de otros soportes, de las descargas y del top manta.
En esta época de profunda crisis no caben los discursos ilusorios pero tampoco convienen los catastrofistas. Así que es de esperar que la industria cultural asturiana se desarrolle convenientemente y pueda desempeñar en la economía y el empleo el papel a que está llamada. Me decía Pep Torres, emprendedor catalán e impulsor en estos malos tiempos de un proyecto tan ambicioso como el Museo de las ideas e inventos del mundo en Barcelona (MiBa), que la crisis es como un coche que viene en la noche de repente con los faros encendidos cuando estás en medio de la carretera. Si te quedas quieto, te ciega y muy probablemente te atropelle. Conviene, pues, moverse y con imaginación.
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* Datos obtenidos del proyecto europeo Creative Growth. Hacen referencia a 2006-2008
